Un cuento sobre volver a lo básico, sobre el fascismo, la tecnología y la maternidad. Sobre el Apocalipsis y la supervivencia. Sobre la naturaleza del ser humano.
Se escurrió la frente con la mano. Hacía mucho calor en esa habitación. Era lógico, toda una familia hacinada en un espacio tan diminuto, sin ventanas. Hasta el foquito que colgaba de un agujero en el techo parecía ser fuente de una radiación maligna. Él, era un hombre de unos cuarenta años, esposo de una mujer hermosa, aunque de aire muy cansado y padre de dos: Un bebé todavía en brazos y una nena de pelo largo que ya podía hablar y caminar. El papá, sostenía entre sus dedos con el mayor cuidado posible, algo parecido a un chip. Mientras trataba de instalarlo en algo parecido a un gabinete rebalzando de partes extrañas le decía a su hija:
- Nunca pierdas de vista tus prioridades, la vida se compone de años, los años de meses, los meses de días. Si no sos feliz día a día, vas a ser una persona frustrada.
La nena parecía intentar escucharlo, pero era absorbida constantemente por una imagen en una pantalla que se conectaba al gabinete por medio de un cable. Proyectaba algo parecido al presentador de un noticiero.
- El tiempo en realidad, no es más que una convención humana, es una medida. El pasado es un recuerdo, en el mejor de los casos, si no es meramente un invento y el futuro, todavía no existe. Lo único real es el instante presente, por eso tenés que ser feliz ahora, y no cuando tengas tal o cual cosa.
La madre, amamantaba al bebé recostada contra una de las paredes, sentada sobre papel de diario. Su cara brillante por el sudor y sus ojos verdes enrojecidos le daban un aspecto afiebrado. Mientras el terminaba la última frase, levantó la vista para mirarlo y se le dibujó un gesto de enojo en los labios, pero, impotente, permaneció callada. Parecía muy cruel ese sermón en medio de esa situación, una tarea demasiado exigente para una nena tan chiquita, pero no se lo podía culpar por intentar.
Además de la familia, el foquito, la computadora y los diarios, solo parecía haber una bolsa de residuos, aunque probablemente no estuvieran destinados a desecharse, sino a reciclarse, ya que parecían ser su única posesión.
- Todo eso no quiere decir que dejes de preocuparte por el futuro, claro, por tu bienestar a largo plazo, ni tampoco que no tengas objetivos, simplemente tenés que aprender a disfrutar de todas las circunstancias. – En el instante en que terminó de pronunciar la última palabra, casi a punto de pisarla con su aguda voz infantil, la nena le reclamó:
- ¡Tengo hambre! - Por primera vez, el hombre apartó su mirada del aparato para dirigirla hacia la niña sorprendido. La madre se hizo cargo de la situación respondiendo rápidamente con vos tranquilizadora:
- Ya falta poco mi amor, no te preocupes... ya vamos a comer. - La nena volvió a tumbarse boca abajo sobre los diarios y a ver esa televisión sin sonido en la que siempre estaba el mismo tipo, en un escritorio, hablando y agitando papeles. Su expresión también era siempre la misma, no se la veía triste ni feliz, ni ansiosa, ni tranquila. Como dormida, pero con los ojos abiertos.
Se escuchó una sirena lejana, todos se acostaron boca abajo en el suelo. La mamá tubo que hacer acostarse a la nena que hubiera seguido mirando la TV. Toda la habitación tembló con un fuertísimo sacudón, la luz parpadeó y se escuchó un estruendo infernal. En seguida todo volvió a la normalidad. El padre furioso empezó a gritar:
- ¡Son unos hijos de puta! ¿Para qué mierda hacen sonar la alarma? ¡Eh! ¡Pedazos de mierda, como si me sirviera de algo saber que me voy a morir! ¡Cerdos inmundos! – Ante los gritos, el bebé, que había permanecido en silencio con el estruendo general empezó a sollozar y la madre lo dio vuelta con un gesto de fastidio. La nena miró al padre con cara de odio, pero no dijo nada. Él se calló, dio media vuelta y continuó su sermón como si nada hubiera pasado.
- Mientras seas libre, vas a estar bien y la libertad... – La madre lo interrumpió con un suave y prolongado “Shhh...” de cejas fruncidas y luego dijo:
- Vamos a disfrutar un ratito del silencio, ¿Si?, por acá – y entonces miró al bebé – nosotros tenemos un poco de sueño...
Reino la más profunda quietud hasta que fue interrumpida por el ruido de una campana.
- ¡La campana!, ¡La campana! – Gritaron todos desesperados. El padre tomó a la niña del brazo y asomó la cabeza por la puerta, la madre empezó a revolver muy apurada en la bolsa y tomó unos cacharros, luego tocó algo en la “computadora” y salieron todos corriendo lo más rápido posible.
Frente a ellos, un oscuro corredor. Muchas puertas todas abiertas, o abriéndose de par en par y bastante gente, todos corriendo hacia las escaleras. Era un edificio de pocos pisos, cuando llegaron a la calle el paisaje fue desolador. Millares de personas yendo, o ya rodeando, una fila interminable de camiones. Subido encima de cada uno, un soldado con una manguera. Una grabación provenía de altavoces escondidos a la vista:
- ¡Ya conocen las reglas!, ¡Una ración por persona!, ¡Sin disturbios!, ¡Sin impedir el tránsito!, ¡Sin pedirle comida a los camiones que vienen detrás!, ¡Si las reglas son transgredidas se bajará la ración de comida a la mitad, si la falta es grave, nos ausentaremos mañana...! – Y volvía a empezar.
Algunos habían descubierto que llevar una gran olla de a varios era la mejor estrategia para conseguir una mayor ración, pero conseguir algún recipiente de grandes dimensiones era casi imposible, solamente se “heredaban”.
La cantidad de gente entre la familia y los camiones era un mar y empezaron a sospechar lo peor. Se habían demorado demasiado en la bajada del edificio. La comida se iba a terminar antes de que lograran alcanzarla, entonces empezaron a correr a los empujones para volver. Una vez que los camiones reanudaran su marcha, el descontrol desatado por toda la gente que no había logrado obtener comida, iba a desencadenar en una masacre en la que la gente se mataría entre si, para descargar su frustración algunos, para saquear los cadáveres otros, y para carronear la carne de los cadáveres otros más.
Esta vez se adelantaron, y llegaron a su departamento recién cuando volvían con su comida los primeros en salir, y que habían logrado llevarla hasta ahí. Ya antes de entrar, sintieron olor a quemado y lo presintieron. El padre los apartó del camino y entro primero. Volvió hacia atrás y le comentó a su mujer:
- Bueno, parece que nuestro vecino decidió perderse una comida con tal de robarnos nuestra computadora. – El cadáver chamuscado yacía en medio del piso. Por suerte, en estos tiempos la energía ya no era un problema, por eso no les había costado mucho preparar esta ingeniosa trampa, en la que dejaban haciendo contacto la computadora. La mujer preguntó:
- ¿Crees que otros sepan también que la tenemos? ¡No nos van a dejar en paz!
- No te preocupes mi amor, no te preocupes...
El olor a carne quemada inundaba el ambiente, y era repulsivo, pero la tentación era muy grande. Los tres se miraron. La mamá dijo:
- ¡No, no, nosotros no somos ese tipo de gente!, ¡Nosotros todavía somos civilizados!, ¡Si hacemos eso, nunca más vamos a salir de acá! – Pero tenían mucha hambre, y esa mucha hambre de haber pasado hambre durante meses, de nunca llegar a saciarse, y ahí estaba un pobre viejo flacucho, servido como un banquete imperial.
La nenita se acercó, tomó un trocito y lo olió, miró a sus padres, y ninguno se animó a reprocharlo. Masticó un bocado. En seguida quiso cortar otro trozo más.
- Está bueno. – Dijo con la boca llena, y les ofreció un pedazo con mucha piel. El padre prefirió cortar su propio pedazo, uno bien grande, y después de probarlo, le dio la mitad a su mujer. A la media hora, todos estaban sentados alrededor del cadáver, sonriendo de satisfacción, con la panza llena. Hacían planes sobre todas las cosas que podrían hacer con los huesos, como cuchillos y pinceles con el pelo, y sogas con la ropa y...
VERA CAPILLA - Algun momento del 2005
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